sábado, 5 de julio de 2014

Los polvos perdidos


Descubro con cierta desilusión que empiezo a cumplir con todos los clichés atávicos del escritor. Convivo con la noche, en la que las horas se me mueren sin mucho sentido mientras busco la palabra, la idea, que derive en historia. Sigo sin aprender que la imaginación aparece justo cuando se encienden las luces del bar y el New York, New York de Sinatra preludia un final de cama vacía. Si es una de esas noches en las que aprieto el botón de voy a tener suerte de Google, acompaso el tecleo con el arrítmico absorber de las caladas, trasladando desde mi cabeza ese caos de ideas tan propio del gremio. A menudo, el filtro de ese cigarrillo se me queda colgando del labio inferior y, para despegarlo de la piel sin desollarme, recurro al whisky. En esos casos suelo pensar en mujeres y, entonces, cambiaría un verso gastado llenito de palabras de amor por un polvo. Para un escritor no hay nada más triste que enfrentarse a palabras solitarias. Nada, excepto una cama vacía.

viernes, 22 de febrero de 2013

Comos (X)



Como la nota que se atrinchera donde no debería y, aun así, encaja.

Como la explicación que suena a excusa.

Como la naturaleza de una falta ortográfica.

Como Ringo en los Beatles.

Como la torpeza que induce a un beso inesperado.

Como el verso que siempre me sobra.

Como Dios en mis esquemas.

Como Madrid sin un café para tertuliar.

Como Londres sin locura.

Como Paris sin pasión.

Como Florencia sin ti.


Por no decir otra cosa… Discordante.

viernes, 21 de diciembre de 2012

viernes, 30 de noviembre de 2012

2013



“Cuanto más viejo te haces, más rápido se te pasa el tiempo”, me dijo. Y el peso de la existencia se ciñó sobre nosotros como una nube de gas tóxico. Amenazante. Deduje que aquel hombre, que pretendía amenizar mi espera del autobús con sus lúgubres palabras, pasaba de los cincuenta. Pensé que, probablemente, su reciente divorcio –no hacía otra cosa que acariciarse el dedo anular desnudo, como un gesto muy arraigado- había alterado su percepción del tiempo. Yo ya lo había visto antes. En mi viejo, que de pronto se hizo viejo sin articular protesta. En mi tía, entregada a los fantasmas de su pasado, inconsciente de que hacía un año que había alcanzado la edad de jubilarse y jamás había enfocado su vida a nada que no fuera el odio. ¿Y en mí? Y al hacerme la pregunta, sentí algo recorriendo mi cuerpo. Pero no era un escalofrío. Hacía demasiado frío más allá de mi ser como para que pudiera sentirlo. Era pis. Me estaba meando encima con 28 años.

Traté de no pensar en ello, así que llevé mi mente a mi infancia. Por casualidad llegué a una sala de cine. Mi madre y yo; mis vecinos católicos y sus tres hijos. “Como una familia”, pensé. Era 1993, el año en el que Spielberg puso de moda los dinosaurios. Cuando mi madre se fue a Brasil a pasar sus últimas vacaciones sin familia, cuando dejé de jugar de portero para ser delantero, cuando el frío me mataba cada mañana que iba a Moratalaz desde Colmenar Viejo en un Citroen ochentero sin calefacción, cuando abandoné la colección naranja de ‘El barco de vapor’ y me atreví con la roja, cuando llamaba a mi abuela a través del fijo y sin prefijo… De repente, volví a tener ocho años.

Decidí saltar una década. ¡Dios, todo lo que pasó en mi vida entre 1993 y 2003! Los juegos cada vez más complejos, los amores cada vez menos inocentes, los amigos cada vez más casuales... Los veranos eran trienios; los años, décadas. El tiempo pasó tan lento entonces que, sentado junto al hombre de verdades incómodas esperando al autobús, apenas alcanzaba a comprender lo que había pasado en mis últimos diez años. ¡Diez años! Nada. Un leve suspiro carente de primeras veces, sin emoción. Todo estaba descubierto y lo incierto ya no despertaba en mí suficiente interés como para indagar. Había perdido una parte de mi vida marcándome objetivos y cumpliéndolos mientras la vida se empeñaba en suceder sin mi permiso.

En la parada de autobús ya era 2013. No cayó el meteorito, ya ven, pero mi mundo se estaba desmoronando en apenas segundos. Y yo no acertaba a descifrar si mearme encima podría impedirlo. 

martes, 18 de septiembre de 2012

Macondo por un beso



Pensarte es como imaginarme un libro en blanco en el que uno lee lo que le da la gana leer, y en el que a mí se me dibujan las palabras: “Quererte es como pasear mi orgullo herido por las plazas más repletas de venganza y ambición; amarte, como regalarte Macondo por un beso y que me mires sin expresión alguna y me preguntes: ‘¿Y eso qué es?’”.

martes, 27 de marzo de 2012

Comos (IX)



Como Dustin Hoffman cuando cuenta las cartas que va sacando el crupier en “Rain Man”.

Como las farolas ante el trajín de un fin de semana en el centro de Madrid.

Como el atractivo de una niña pija en un concierto de Led Zeppelin.

Como mi actitud cuando leo las primeras 16 páginas de un libro de Ken Follett, justo antes de cerrarlo indignado.

Como los suspiros que sueltas cuando el polvo que estás echando sólo sirve para recordarte que el amor ya ha muerto.

Como un amigo cuando realmente lo necesitas.

Como la Penélope de Serrat.

Como Khedira en un Real Madrid ofensivo.

Como el carisma de Rajoy.

Como la sonrisa que precede a la firma.

Como el color de la primavera para los tecnófilos del siglo XXI.

Como la rima de los versos que escupo de mucho en mucho.

Como la mirada de Dios cuando tiene una injusticia delante de sus narices.


Por no decir otra cosa... Ausente.

lunes, 26 de diciembre de 2011

El viajante del sur


El primer ruido vino del sur: una sirena de cabellos dorados, cadera ancha y alma de campesina. Casi sin quererlo, varé en su playa y sucumbí durante un año a los frutos exóticos de su piel, a la tiznada y fina arena que nos envolvía en cada atardecer, rodeados de un océano de nada. Pasó el tiempo y, con la primera ola del verano, me hice viejo de golpe. Y, horrorizado, me desenredé de sus cabellos, me escondí en la ola y me fui con ella sin mirar atrás.

Y quise flotar a la deriva, bregar solo con la mar. Esperar la muerte agarrando fuerte el timón. Y navegué. Y navegué. Y navegué hasta que perdí el norte. Y, entonces, de babor llegó un segundo amor: una amazona guerrera de piel morena, pelo encrespado y sueños de bailarina. Encallé otro año en sus aguas de poco calado y nos olvidamos de la playa. Y del mar. Y del sol. Y nos arropamos con la oscura noche entre pasiones y miedos, dejando una estrella encendida antes de dormir.

Al tiempo, la playa, el sol y el mar empezaron a hablarme. Se sentían sepultados por la noche, decían. Me susurraban al oído para que no me durmiera, apagaban la estrella encendida para que me asustara. La luna, cómplice, se tornaba en espejo que reflejaba a un hombre envejecido por la calma. Y me conminaba, noche tras noche, a seguir mi travesía hacia el norte.

Harto, decidí salir de aquella cala. Pero mi amazona me asió por el brazo y se negó a dejarme marchar. Quise explicarle que debía viajar al norte, que la luna me lo ordenaba. Que el sol, la playa y el mar, heridos porque ya no les hacía caso, querían que me fuera de allí. Que me asustaban y no me dejaban dormir. Quise contárselo todo, pero no lo hice.

Me deshice de su fuerte mano y le dije: “Déjame marchar. El norte me espera”. Ella preguntó con su mirada felina y yo sólo pude contestar: “Necesito volver a destrozarme el corazón”.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La princesa sin cuento


La princesa mira más alto que ninguna y se desenmaraña el pelo con un peine de marfil. Se contempla a cuerpo entero en cualquier espejo, saluda con palma abierta en la distancia y multitudes aclaman, desean, envidian. Huele a sueño de primavera, tiene dos pétalos por ojos, dos frutas por senos y más de una motita de chocolate que esconde una constelación de lunares. Sonríe al viento y al mundo llega la luz, toca con su presencia y uno siente la nobleza de ser inmortal.

La princesa mira más alto que ninguna y siente pasiones mortales como los demás. Un día conoce al príncipe en un banquete en el campo y se planta frente a él. Piensa en decirle lo que siente, en susurrarle palabras de amor, en mostrarle su corazón. Pero ella es una princesa y tales cosas no sabe hacer. Bastarle debería a mi príncipe con mi presencia para enamorarse de mí, piensa.

La princesa mira más alto que ninguna y desconoce otros cuentos que no sean el suyo. El príncipe la mira, el príncipe la huele, el príncipe la llega tocar. Y ¡ay, Dios mío! La princesa cae redonda, en un desmayo de película, tras oírle a su príncipe decir:

-Tú sólo eres una rana.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Comos (VIII)


Como un castillo sin rey.

Como un foso sin agua.

Como un pueblo medieval en mitad de la nada segoviana.

Como un pelo largo masculino sin un revolucionario debajo.

Como un gran ego sin un alma enorme.

Como un psicópata sin público.

Como un cuadro renacentista sin pared.

Como Marco.

Como tres tristes tigres sin su trigal.

Como un sueño en un catatónico.

Como la inmortalidad.

Como una mole de mármol sin un cincel.

Como una cárcel sin preso.

Como una sociedad sin prostitución moral.

Como un zapato sin suela.

Como una pértiga sin saltador.

Como el surrealismo.

Como “El Anticristo” de Nietzsche.

Como la música sin oídos.

Como un clavo sin martillo.

Como un libro sin páginas ni ganas de leer.


Por no decir otra cosa… Incompleto.

viernes, 19 de agosto de 2011

Comos (VII)


Como ir escuchando Rock and Gol en el coche y que de pronto te pongan una canción de Muse mientras piensas: “Joder, pero si tengo la discografía entera metida en el CD que está puesto”.

Como Khedira.

Como Dios.

Como Bush.

Como tratar de hacer una excusa tan creíble que suene a mentira.

Como mantenerse virgen hasta el matrimonio.

Como el matrimonio.

Como el tío al que se le ocurrió hacer las latas de conservas imposibles de abrir.

Como el postre que te ofrece tu abuela a pesar de ser consciente de que de un momento a otro vas a reventar del atracón al que te has visto sometido por dignarte a aparecer por su casa.

Como la soberbia de Mourinho.

Como la indolencia de Feliciano López, a pesar de ser el mejor jugador de pista rápida del mundo.

Como el piercing que te hiciste en el pezón, que te duró dos días y que te lo dejó para siempre sensiblemente más grande que el otro.

Como todo aquello que no es Coca-cola.


Por no decir otra cosa... Innecesario.

sábado, 13 de agosto de 2011

Rumor de madrugada


Con un tibio rumor de madrugada,
Amanecí con alcohol y un canto
Desesperado, y un grito por cada
Mortaja que cubre con espanto
El dolor de mi alma fatigada.

¡Negra noche, tráeme un sueño!
De luces y aire, de sombras y niebla,
O, acaso, plántame en el ceño
Un beso tierno de fresca hierba.

¡No te vayas! Quédate dormida
Con mis cantos y gritos y sueños y nanas
Que, en la mañana de rojo teñida,
Se desvanecerán como si nada en la nada.

sábado, 6 de agosto de 2011

La pelusa de tu ombligo


Algunas veces miro tu ombligo con ganas de ser esa pequeña pelusa que te acompaña por la vida sin hacer ruido y sin importarte demasiado. Contemplaríamos juntos las estrellas en las noches de verano y leeríamos libros en invierno, arropados con el nórdico hasta el cuello. Cada noche, cuando te durmieras, saldría de mi escondite y pasearía por todo tu cuerpo, saboreando a cada instante tu olor a tierra mojada. Y, antes del alba, volvería a tu ombligo. Despertarías desconcertada, mirarías tu ombligo y, sin saber por qué, arroparías a la pelusa con un manojo de hierba.

lunes, 20 de junio de 2011

Bocata de besos


Pegué el primer mordisco al bocata de besos. Resultó lo más jugoso que había probado. Sabía como debe saber un beso de mi primer amor, a quien que nunca besé. El segundo bocado me supo a plenitud adolescente. El tercero, a aquellos locos años 20. Y cuando le di el cuarto bocado, me di cuenta de que el capullo del camarero le había echado al bocata una capita, casi imperceptible, de desamor.

Escupí y pedí la cuenta.

miércoles, 8 de junio de 2011

Comos (VI)



Como que una persona que se ha acostado contigo insinúe cierta misoginia en tus escritos.

Como el teatro que más amo y que no puedo leer sin un estado depresivo.

Como la fe en el amor y como el amor sin fe en él.

Como el falso feminismo que pregonan quienes quieren usar el femenino para las palabras neutras.

Como poner a Sergio Ramos de lateral, en lugar de central.

Como una niña cacheando a un militar armado.

Como querer echar un polvo por despecho… Y no llevar condón.

Como intentar meter otra botella de agua en la bandeja de las botellas de la nevera cuando está perfectamente claro que no va a entrar.

Como gastarte 10 pavos en cine de culto y coca-cola e ir acompañado por una ninfómana.

Como escuchar a Wagner y que no te entren ganas de invadir Polonia.

Como el humor de Torrente.

Como ser de derechas y no votar al PP.

Como ser de izquierdas y votar al PSOE.

Como dormir todas y cada una de las noches y no ser capaz de soñar.


Por no decir otra cosa… absurdo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

El coronel no tiene quien le acaricie



El coronel miró el plato rojo semivacío. Estiró su alargada lengua y lamió apenas tres sorbos. El agua que reposaba al fondo era inalcanzable y desistió. Estaba nervioso y la sed lo ahogaba. Cruzó el umbral de la cocina y decidió ir al dormitorio. Vania aún estaba dormido, enfermo, parece. Se subió a la cama y comenzó a acariciar la cara de Vania.

-Déjame, coño. Qué pesadito estás.

El coronel se distanció un poco, a los pies de la cama, mirando fijamente el irregular jadeo asmático de Vania, subiendo las sábanas, bajando las sábanas. Era miércoles y hacía un calor sofocante. Las mañanas de mayo empezaban a ser cortantes, incluso en aquella casa de fríos suelos, de sombras reconfortantes. Volvió a la carga.

-Vale, vale. Ya voy.

Vania se levantó con pesadez y tosió. Bebió de un trago medio vaso de agua que reposaba en la mesita de noche y se calzó las zapatillas. Fue directo a la cocina. El coronel lo siguió. Llenó a rebosar el plato rojo y se dirigió al salón. El coronel, esta vez sí, empezó a beber a destajo. Sintió que el agua lo purificaba, que la sed se acababa en su misma garganta. Yesenia apareció por el umbral con aspecto desaliñado, con las tetas inflamadas. El parto de anoche apenas duró media hora. Yesenia era primeriza. Se metió bajo las sábanas y parió tres criaturas allí mismo, ella sola, sin ayuda de nadie. Vania no estaba en casa en ese momento y no tuvo más remedio. Sin embargo, no se quejó ni un instante. Después, se quedó de lado, extasiada, dejando que sus críos chuperretearan sus pezones en busca de leche. Y así se hubiera quedado si no hubiera sido porque Vania decidió trasladarla a una cama que montó en el salón, al lado del sofá. Sobre una base mullida, apiló varias capas de mantas para las tres criaturas y para ella. Y así pasó la noche: Vania en su cuarto y los recién nacidos con su madre, en el salón. El coronel se acercó aquella noche de parto a ver el campamento del salón. Soltó un bufido de disconformidad a los pequeños, ante la indiferencia de la madre. “Me van a desplazar. Soy viejo y ya estorbo”, pensó. Y se fue con sus lamentos al cuarto de Vania. Estaba trabajando con el ordenador, pero se le notaba cansado. La enfermedad aún no había pasado. En realidad, el coronel había estado desde hacía tres días velando por su salud. Se sentaba a los pies de la cama y esperaba pacientemente a que Vania lo llamase, a que requiriese una caricia consoladora y empática.

Aquella mañana de miércoles, después de llenar el plato con agua, Vania fue al salón a ver cómo andaban los pequeños. Los cogió, los limpió y se quedó con ellos en brazos, sentado en el sofá. El coronel lo miró durante un rato. Más tarde, se fue al cuarto de Vania a mirar por la ventana, a esperar a que viniera. Pensaba en sus cosas. Cosas de viejo. Algún recuerdo, tal vez. Vania llegó.

-Estoy harto de que siempre estés igual. No puedes comportarte como un energúmeno cada vez que alguien pare en esta casa. Tienes mucha más clase que esto. No esperaba esto de ti.

El coronel entrecerraba los ojos y desviaba la mirada, como temiendo que aquellas palabras fueran aún más duras si las miraba de frente. “Sí, pero aún me quieres, aún soy importante para ti”, pensó. “Ahora estás así, pero en cuanto te descuides me estarás acariciando”.

-¿Qué quieres que haga? ¿Que los eche? No puedo hacer eso. No puedo hacerlo.

Vania meditó unos segundos antes de proseguir:

-Dime, ¿qué quieres que haga?

El coronel necesitó diez años –los diez años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible en el momento de responder:

-Miau.